Cuando Clover Studio creó Okami (que fue lanzado en Japón en abril de 2006 y en Europa a principios de 2007) para PS2 estaba sacudiendo, a sabiendas o no, el pilar del diseño artístico en los videojuegos. La aplicación de los fundamentos del arte tradicional japonés al diseño artístico de su juego iba a encandilar a todo el mundo que viese el juego en adelante.
Bastaba con eso, con su belleza, casi hasta daba igual que fuese una buena aventura al estilo de las de los Zelda de Nintendo, llena de exploración, combates y puzles. Lo importante era el marco en el que transcurrían los acontecimientos y, quizá no por vez primera, pero sí de una forma tan únánime, se coincidía en que Okami era uno de los juegos más bellos jamás creado.
Llegó una reedición del juego, que en realidad no vendió demasiado bien, para Wii en 2008 y ya por entonces sus creadores sugirieron la posibilidad de que viésemos una versión para DS. No tardó en confirmarse, pero no ha sido hasta ahora cuando podremos disfrutar de una nueva avntura en el universo de Okami (a partir del 18 de marzo de Europa).
Okamiden pasa por ser el heredero de Okami en todo. En primer lugar, por los protagonistas y la adaptación que se ha hecho del estilo artístico a la consola portátil. Si en el original controlábamos a Amaterasu, la diosa del sol, transfigurada en un espléndido lobo blanco, en Okamiden, la diosa se mete en el cuerpo de una cría de lobo blanco, que es hijo del protagonista de la primera historia y que llamaremos Chibiterasu. Del mismo modo, Kuninushi, hijo de Susano (escudero de Amaterasu en la historia de Okami), será el fiel compañero de batallas de Chibi, como se le llama a lo largo del juego.
La mecánica, como ya he dicho, es muy similar a la de los juegos de Zelda, no puede encajar mejor en una consola. Todo consiste en explorar territorios, interactuar con objetos y habitantes, entrar en combates (que son en tiempo real) y solucionar puzles que, por lo general, se resolverán utilizando el stylus a modo de pincel mágico. Este uso de la tinta, entrando a participar en parte del propio diseño artístico del juego, nos permite dibujar objetos (para crearlos o repararlos, por ejemplo) o figuras celestiales que actúen sobre el firmamento en nuestro favor. De esta forma, por un lado (combate y exploración) utilizaremos la cruceta y los botones para manejar a Chibi, el pequeño lobo, y por otra parte la pantalla táctil será el ‘lienzo’ o papiro de resolución de la mayor parte de los puzles.
La historia de Okamiden tan solo transcurre tres meses después de que Amaterasu derrotara al malvado Orochi y nos encontramos con un mundo en calma, pero una vez que nos hayamos familiarizado con el entorno y hayamos encontrado a nuestros compañeros de viaje (Chibi interactuará con diversos personajes que subirán a sus lomos para formar parte del equipo), el juego irá mostrándonos como los demonios del Japón ancestral van liberándose y volviendo a traer el caos y la destrucción. Será Sakuya, otro de los personajes que vienen del primer juego, el que inste al lobezno a meterse de lleno en el enfrentamiento con las fuerzas del mal y las sombras.
A lo largo de doce capítulos, Okamiden hará que el jugador se sorprenda con un juego en el que la historia, que incluye muchos elementos de la tradición nipona, dará vuelcos inverosímiles y emotivos que, sobre todo, calarán en los fans del juego original.
Pero si contar una historia así de fantástica es posible es, sobre todo, porque la forma en que se decidió contarlo se convierte en el único modo de hacerlo sin que resulte algo poco interesante y sin gancho. Si algo tiene tanto Chibi como Amaterasu es carisma. Ese personal estilo artístico se convierte en la clave del éxito del juego porque es, además, la forma de explicar el uso del Pincel Mágico, por ejemplo.
Okamiden no solo debe ser uno de los juegos más esperados para DS en este 2011 que marcará el ocaso de la consola portátil de Nintendo, sino que deberíamos contemplarlo como una de esas pequeñas joyas a seguir entre todas las plataformas, y ya no solo por lo que cuenta y cómo lo cuenta, sino también porque ofrece una experiencia de juego única.




